La impostura social

VonlenskaDicen que cuanto más inteligente es uno, más desgraciado es, qué gran verdad.

  -Un momento ¿se está llamando a sí mismo inteligente? ¿Se cree mejor que los demás? Menudo prepotente, si por haber leído cuatro libros se cree mejor que yo menudo imbécil.

Bueno, empecemos por lo primero, sí, sé que suena prepotente autodenominarse “inteligente” a uno mismo y no, no me considero la mejor mente del planeta, ni siquiera una medianamente decente, creo que supero por poco la mediocridad y me entristezco al ver cuán poco sé. Como un filósofo griego nunca dijo: “sólo sé que no sé nada”.

No, no me creo por encima de nadie y este texto es mi pequeña aportación a intentar hacer un mundo más humano y menos desigual. Estoy cansado, triste y decepcionado, por eso escribo esta carta al mundo, una carta que en realidad no sé si debo escribir pero sí sé que necesito hacerlo.

Me abruma ver cómo el sistema económico y social en el que vivimos devora a sus mejores especímenes para integrarlos en la unidad. Además, si alguien intenta escapar mínimamente de “lo que debe hacerse” queda reducido al aislamiento por parte de todos los que se creen en poder de la verdad, la verdad del “éxito” y del “dinero”.

No voy a profundizar demasiado en el tema, pues ese no es el centro de este relato, pero como muy bien dicen en el artículo ¿Pero qué es lo que hace sufrir (y disfrutar) tanto a la gente creativa? de la revista yorokobu, que os recomiendo de manera apasionada, pues ayuda a entender un poco mejor ciertos dramas; se supone que la sociedad promueve a la gente creativa, pero lo cierto es que es justo al revés, quien es demasiado creativo es excluido del sistema como un marginado, un librepensador.

Volvamos a la primera frase: cuanto más inteligente es uno, más desgraciado es. Quiero matizar, hay gente inteligente que es muy feliz, la más feliz diría yo, porque conoce una felicidad real, sin artificios, capaz de huir de las imposturas del sistema. Voy a cambiar ligeramente pero de manera trascendental esta cita: cuanto más librepensante es uno, más desgraciado es.

¿Qué quiero decir con librepensamiento? Me refiero a pensar y actuar por uno mismo, independientemente de lo que la sociedad nos exija pensar o hacer. No me refiero a ser ajeno a esa misma sociedad, no es ser un Unabomber cualquiera y aislarse en una choza en medio de la nada hasta perder la cabeza. Hay que diferenciar entre ser crítico con una sociedad y ser antisocial. De hecho, el crítico puede ser un gran amante del ser humano. No me imagino a los mayores revolucionarios sociales, a gente como los artífices de la Revolución Francesa, a Marx o a Bakunin, como seres antisociales, sino como los mayores amantes de la sociedad, aquellos capaces de amar tanto a la gente como para arriesgar su vida por ellos. Estoy seguro de que en su época, muchos de los grandes revolucionarios eran excluidos como locos antisociales por querer cambiar lo que veían, por pensar diferente.

Buscar mi felicidad en la felicidad de otros, mi dignidad en la dignidad de los que me rodean, ser libre en la libertad de los otros, tal es todo mi credo, la aspiración de toda mi vida. He considerado que el más sagrado de todos mis deberes era rebelarme contra toda opresión, fuera cual fuese el autor o la víctima-Mijaíl Bakunin

No me considero un revolucionario, nadie especial ni nada por el estilo. Soy uno más de esos que creen que pueden escapar de este sistema viciado cumpliendo sus sueños, tan solo eso. Y algo tan aparentemente sencillo, se está convirtiendo en mi gran rebelión personal contra este mundo injusto y controlado.

La soberbia del súbdito

Una cosa tengo clara, la imposición nunca es positiva, para nadie, para nada. Hay que cambiar la forma de pensar de la gente con hechos y con palabras, pero nunca por la fuerza. Hay que alegrarse de que los demás cumplan sus sueños, sean los que sean, estén de acuerdo o no con los ideales de uno mismo. Intentar cumplir sueños nunca debe ser algo por lo que odiar o criticar a alguien, sobre todo si les tenemos alguna estima. Creer en la libertad no es solo creer en la libertad propia, sino respetar la de los demás.

Mirar por encima del hombro al que no está de acuerdo con nuestro modo de ver el mundo es uno de los modos que tiene el sistema para mantenernos bajo control, obviamente si un sistema como este tiene éxito es porque la mayoría de sus miembros están de acuerdo con él, de manera activa o por inacción: no existen las víctimas, los pobres que se amoldan porque “de algo hay que vivir”, sólo existen los cobardes o los que se encuentran cómodos aunque sea engañándose a sí mismos. Pero lo malo no es eso como tal, como he dicho en el párrafo anterior, cada uno es libre y debe ser respetado en su libertad. Lo peor es la soberbia de los súbditos del sistema: “o entras en mi juego o no eres digno de mi aprecio”.

Eso es algo que me afecta y me duele especialmente, ya que soy una persona que respeta a alguien por ser como es, nunca por ser quien es o lo que representa.

La falta de sinceridad como verdad suprema

Nos enseñan desde pequeño a ser corteses, a enseñar siempre una sonrisa, nos enseñan que la mentira es un modo de crecer en la vida, de progresar, porque la verdad puede acarrear consecuencias terribles, pero ¿qué consecuencias tiene la falta de sinceridad?

Vivimos en un mundo falso y artificial debido a la mentira, somos incapaces de ser sinceros, provocando el que estemos rodeados de imposturas: nos enseñan a ser creativos pero si lo somos nos sentimos aislados, nos enseñan a perseguir nuestros sueños pero hay que tener cuidado con qué sueños cumplir, no vaya a ser que estén en contra de los ideales del sistema y de sus súbditos. La creatividad es una de las grandes imposturas, practicarla lleva a escribir textos como este, cargados de mucha tristeza y algo de esperanza.

Vivimos rodeados de mediocridad porque la gente tiene miedo a decir lo que piensa. Vivimos relaciones de mentira en las que conocemos a las personas y sus opiniones a través de filtros de medias verdades. De repente esas relaciones empiezan a estropearse y no sabemos por qué, ya que las razones quedan veladas tras sonrisas que se van apagando.

La negación sentimental

Si hay una gran impostura esa es la de los sentimientos y la comunicación. Tan importante es la falta de sinceridad emocional, que merece su propio apartado.

Vivimos en la sociedad más onanista y auto satisfecha que ha existido. Todos creemos, por una u otra razón, que podemos vivir negando nuestros sentimientos. El mundo moderno nos enseña que las relaciones pueden ser un problema para alcanzar nuestros objetivos, una carga más de la que debemos librarnos. ¿De verdad merece la pena darle la espalda a los sentimientos y al amor?

Existen además una serie de patrones sociales que complican las relaciones hasta niveles absurdos, parece que ser expresivos con lo que sentimos puede hasta ser negativo. Hay que cerrarse, mostrarse inalcanzables para así conseguir lo que queremos. Deberíamos ser claros, transparentes, cuando hablamos de sentimientos, no dejar lugar a la duda, a la incertidumbre.

En el sentido más personal tengo que reconocer que yo acabo cayendo en la cerrazón, no soy precisamente un experto en relaciones sociales y menos en el amor, por lo que acabo cerrándome por miedo a la incertidumbre. O me gritan ¡me gustas! a la cara o siempre tendré la duda de si mis percepciones me engañan. Curiosamente, mi capacidad para observar los detalles hace que desaparezcan estas incertidumbres cuando se refiere a las relaciones entre personas ajenas.

El amor, ese gran incomprendido del siglo XXI, hemos pasado de la libertad de los años 60 y 70, la revolución del amor, París en mayo del 68, a que las relaciones de whatsapp, los cientos de “amigos” de facebook o los sitios de citas online que son como un mercado de las relaciones, con leyes de oferta y demanda, productos reducidos a unos pocos ingredientes. Nos hemos convertido en fotos a las que hacer “swipe”.

El amor es lo suficientemente serio como para que empecemos a dejar de ignorarlo.

La obsesión sexual

Dicen que las palabras más buscadas en internet tienen que ver con el sexo, que gran parte del tráfico de internet está dirigido a sitios porno. De hecho, muchas de las innovaciones de la red, como el adsl o el vídeo on-demand y en streaming se han producido en gran parte debido a la demanda de los sitios de porno online.

No pretendo negar el valor del sexo, no soy un reaccionario en este sentido. Quiero que se entienda que mi crítica no va hacia demonizar al sexo sino a criticar el valor que ocupa en nuestra sociedad, entre las relaciones personales.

Somos seres inteligentes y racionales ¡y tanto que existen cosas más importantes en nuestra vida que el sexo! La ultra sexualización de la vida que estamos sufriendo es culpable de muchos de los males que aquejan a nuestra sociedad, nuestras inseguridades y miedos, el trato que les damos a las personas, especialmente a las mujeres. Vivimos en la permanente búsqueda de la auto-satisfacción independientemente de los sentimientos de las personas que nos rodean.

El amor ha perdido gran parte de su valor en favor del sexo, tan solo buscamos nuestro propio placer, pensamos antes en nuestra satisfacción que en la profundidad de las relaciones humanas. Las relaciones profundas son complicadas y requieren esfuerzo. Nos han enseñado a esforzarnos sólo en algo que vaya en nuestro propio beneficio.

Conclusión

Nos acercamos a aquel mundo que Aldous Huxley vislumbraba en Un mundo feliz, en el que las relaciones personales eran completamente sustituidas por la autosatisfacción, un mundo en el que la doctrina del miedo y el sexo convertido en producto de consumo nos convierte en seres dóciles y controlables, fanáticos incapaces de levantarse contra un sistema por muy despótico e injusto que sea. Somos muy críticos en twitter o en el bar. Pero en cuanto alguien escapa de ese sistema aunque sea ligeramente, cuando alguien nos cuestiona nuestro adoctrinamiento y nuestro cómodo estilo de vida, entonces lo marginamos y lo criticamos de forma feroz.

En fin, yo seguiré intentando cumplir mis sueños le pese a quien le pese, me pese lo que me pese.